Mentir es humano. De hecho, sin la mentira la convivencia en sociedad sería probablemente imposible de sostener. Todos mentimos en mayor o menor grado. Es más, cuando acabe el día usted habrá faltado a la verdad -como mínimo- unas dos veces, según las investigaciones de la experta Bella dePaulo. Y si ha mantenido una conversación con un desconocido, probablemente durante los diez primeros minutos lo habrá hecho unas 3 veces, o al menos eso es lo que señala Robert Feldman, psicólogo estadounidense especializado en este campo.

Pero, ¿qué pasa cuando el que miente es el político?, ¿somos igual de condescendientes por mucho que Maquiavelo nos advirtiera hace ya algunos siglos que la mentira está al servicio del poder?

En la era de las fake news parece que mentir no resta votos a los candidatos, al menos si de antemano el ciudadano ya tiene decidido quién quiere que le gobierne. Da igual que la ceremonia de investidura de Trump, en enero de 2017, mostrara grandes espacios vacíos en el National Mall (según el mandatario fue “la mayor audiencia que jamás se ha presenciado en una toma de posesión”) o que la web Politifact verifique declaraciones y denuncie falsedades emanadas por boca de políticos, sea la del actual presidente norteamericano o de cualquier otro líder.

 

 

Investidura de Trump (izquierda) comparada con la de Obama (derecha). Montaje realizado por la agencia Reuters

 

 

Según el estudio publicado en 2017 por B. Swire, A J. Berinsky, S Lewandowsky y U K. H. Ecker, de la University of Western Australia, la University of Bristol y el Massachusetts Institute of Technology la gente espera que los políticos hagan declaraciones inexactas, por lo que no se preocupan demasiado cuando se cumple esta expectativa”. En el caso de la citada investigación, los autores realizaron dos experimentos entre más de 3.000 norteamericanos, con el fin de comprobar la repercusión que las falsas afirmaciones de Donald Trump tenían entre sus detractores y seguidores. Lo realmente relevante del tema es que el hecho de saber que aunque la información que proporcionó éste en determinados casos fue errónea, ello no alteró la decisión de voto ni los sentimientos positivos hacia el entonces magnate, ni tampoco obstaculizó su candidatura entre sus partidarios (el estudio se realizó en 2015).

En conclusión, los votantes se fijan en los políticos a la hora de valorar si algo puede ser cierto o falso pero no necesariamente insisten en la veracidad como un requisito previo para apoyar a los candidatos.

Lo importante y definitivo en política no es convencer con la palabra sino con los gestos. La credibilidad del candidato se basa en una única premisa: ser congruente entre lo que dice y expresa de manera no verbal. Sus miradas, sus posturas, sus expresiones faciales y su tono de voz adquieren un protagonismo relevante en detrimento del propio discurso y eso es precisamente lo que impacta en el electorado. Por encima de la razón, la verdad o la falta de sinceridad priman las emociones que transmite y el grado de coherencia con el que su lenguaje corporal apoya sus palabras. No olvidemos que el voto tiene un fuerte componente emocional y la honestidad en el ámbito político se supedita a la lectura que consciente o inconscientemente realiza el votante.

Ya lo decía Nietzsche: “La boca puede mentir, pero la mueca que se hace en ese momento revela, sin embargo, la verdad”.

Así pues, habrá que estar muy pendiente del discurso corporal y vocal de nuestros dirigentes, porque una cosa es aceptar la mentira en la política y otra obviar las sensaciones que nos transmiten con su comunicación no verbal.