“La manera en la que nos comunicamos con los demás y con nosotros mismos determina la calidad de nuestras vidas”. La frase no es mía, la he tomado prestada de Tony Robbins, considerado hoy en día uno de los mayores expertos en liderazgo y motivación. Y a tenor de las imágenes que estamos viendo desde que el coronavirus abriera los informativos y las portadas de la prensa del mundo entero parece que cobra más fuerza que nunca. ¿Está cambiando COVID-19 la forma en la que nos relacionamos con los demás?, ¿somos conscientes de cómo puede llegar a influir en nuestro comportamiento no verbal y en nuestras actitudes?

No hace falta trasladarse a la zona cero del coronavirus, leáse Wuhan, donde aparecieron los primeros casos, para constatar que una imagen vale más que mil palabras. Ahí tienen ustedes al ministro alemán de interior, Horst Seehofer, quien ha dejado de dar apretones de manos debido al brote vírico, aunque se trate de saludar a su mismísima jefa, en este caso Angela Merkel. El que avisa no es traidor, por mucho que a la cancillera le pillara de sorpresa la negación del saludo por parte del miembro de su gabinete y le respondiera con una amplia sonrisa y manos arriba, mostrando las palmas (un gesto que en comunicación no verbal podríamos traducir como “soy inocente”, “no tengo nada que ocultar”), como se aprecia en el vídeo.

 

En cualquier caso, las manos tienen un poder de comunicación enorme. De hecho son junto con el rostro las parte del cuerpo que más conexiones tiene con nuestro cerebro. El apretón de manos es un gesto de comunicación no verbal extendido en el mundo entero a través del cual iniciamos el saludo con las personas o cerramos acuerdos. Incluso en lugares como Japón, Corea o China. Como humanos nos relacionamos en sociedad  y el contacto táctil denota cercanía y aprecio. El modo en el que toquemos, la fuerza y duración con la que lo hagamos influye tanto en cómo somos percibidos como en la manera en la que  nos perciben los demás. El miedo a tocar o dejarse tocar ( y no digamos abrazar) es una las primeras consecuencias no verbales que nos trae el coronavirus allá donde más alarma está creando.

La proxémica, o el uso que hacemos de las distancias al relacionarnos con terceros, es otro canal de comunicación no verbal muy importante y que comienza a verse afectado, sobretodo en aquellos países donde COVID-19 se ha instalado con más virulencia. A menor distancia, ya saben, mayor grado de relación y complicidad. Como es lógico, las autoridades sanitarias recomiendan guardar una “distancia de seguridad” de al menos un metro si estamos ante personas que tosen, estornundan o tienen fiebre, con el objetivo de minimizar el riesgo de contagio. El problema es si de nuevo, por miedo, comenzamos a aumentar indistintamente el espacio entre los demás y nosotros, mermando así la calidad de nuestra interacción. Recuerden: nos acercamos a lo que nos atrae, nos alejamos de lo que nos disgusta o rechazamos…

El uso indiscriminado de mascarillas también tiene una lectura no verbal, además de económico-sanitaria. Nos impide observar la expresión facial de los demás. El rostro es el principal indicador emocional. Si tapamos nariz y boca solo podemos leer de manera parcial las emociones que muestra el rostro del vecino y por lo tanto nos perdemos gran cantidad de información. Así que, si como señalan los médicos, solo deben usarlas los enfermos, sigamos sus consejos y no las utilicemos sin ton ni son. No solo evitaremos que se queden sin ellas los que realmente las necesitan sino que el inconsciente del que nos observa deducirá inmediatamente que no suponemos un potencial peligro. Además podrá leer mejor nuestra expresividad facial y todo lo que comunica, reduciendo los posibles errores de interpretación.

Y es que la fuerza visual es más potente que la verbal. Cosa que parece que olvidó el director de la misión de expertos internacionales enviada por la  OMS a China, Bruce Aylward. El hecho de dar una rueda de prensa con mascarilla no hizo sino aumentar el temor y como bien recuerda mi compañero, Cesar Toledo, las incongruencias no son buenas aliadas en materia de comunicación no verbal, máxime cuando se predica una cosa pero se hace la contraria.

Rueda de prensa de Bruce Aylwards en Beijing( China). Foto de Thomas Peter/Reuters

Al pensar en el coronavirus recordamos inmediatamente las imágenes que están dando la vuelta al mundo y contribuyen a disparar el alarmismo generalizado. No olvidemos que la apariencia es el canal de comunicación no verbal que de manera más directa impacta en nuestro cerebro. El ver, por ejemplo, a militares custodiando las calles y edificios emblemáticos de Milán con mascarillas (y armados) difícilmente puede cambiar nuestra propia percepción de la realidad frente a los consejos que llaman a la calma de la población.

Militares con mascarillas en Roma

Militares con mascarillas en Milán

Sea como fuere, si algo caracteriza a los humanos es que somos seres sociales que necesitamos del grupo para sobrevivir. Seamos también conscientes del lenguaje no verbal que adoptamos con esta nueva pandemia y de cómo está afectando o podría afectar a nuestra manera de relacionarnos e interactuar con los demás.

*(Foto de portada: Agencia EFE. Líbano)